Michael Clayton (Tony Gilroy, 2007)

Tras el arrollador éxito y el exitoso mensaje político que ha conseguido la cinta, se ha conseguido olvidar la perspectiva real de lo que significa ‘Michael Clayton’ en términos cinematográficos. Significa la ópera primera como director de un aclamado guionista hollywoodiense, Toni Gilroy, que abandona las tracerías del personaje Bourne y firma aquí su primera autoría como director y escritor de un proyecto ambicioso.

En él aparecen todas las caras conocidas defensoras del partido demócrata norteamericano: desde Sydney Pollack hasta la mega estrella George Clooney, dos de los benefactores del proyecto junto a Soderbergh. Y buena parte del espíritu de la película está encaminado a mostrar la corrupción política y la amenaza de nuestro tiempo no ya a través de la construcción de la sociedad actual, sino del gobierno americano que impera en este momento.

 

Ese afán por convertirse en ‘la obra demócrata’ por excelencia resta mucha credibilidad y seriedad a un proyecto tan ambicioso como productor de lecturas ambiguas. ‘Michael Clayton’ puede entenderse como una película política, pero también como un filme de acción, con una puesta en escena y un desarrollo contaminado hasta la médula por las series de televisión y las películas baratas de espionaje.

 

Gilroy pretende crear una trama tan transparente pero tan compleja a la vez que se abandona a su propia densidad, creando un continuo caos de nombre, lugares y personas en el que es fácil perderse y nadar en la superficie como espectador que busca simplemente una resolución al conflicto interpersonal entre protagonista, situación personal y situación profesional.

 

El hermoso logro de la película es que consigue crear un gran personaje principal, que lucha tanto consigo mismo contra el descubrimiento de que el sistema lo ha traicionado, en el que se ve siervo de un capitalismo traidor y cruel, y del que no encuentra escapatoria posible. George Clooney pone cara a ese marasmo de emociones contenidas en un personaje también contenido pero lleno de fuerza.

 

La astucia de Gilroy en su denuncia capitalista esconde astutamente la responsabilidad de sus propios ideales y los focaliza hacia una cierta parte del sistema político americano, tratando de limpiarse las manos. Esa descripción desde fuera del problema es lo que termina alejando la trama de un enfoque realista, diferente a lo que ya conocemos, para transformarse decepcionantemente en una trama más que se acerca al subproducto televisivo pero que sobrevive gracias a su exquisita técnica.

 

Y ahí, en la técnica de la cinta, subyacen muchos de sus enormes aciertos, tanto en una novedosa puesta en escena que honra al autor novel como en una resolución de ciertas escenas dirigidas con maestría. Hablamos pues de un director primerizo que sabe muy bien lo que quiere hacer y cómo debe mostrarlo, como si hubiese aprendido mucho de la colaboración como guionista con otros grandes directores, un director primerizo pero con una mano y un ojo ya ductos en la narración cinematográfica.

 

Amén del actor principal, soberbio en su creación, quien se lleva la palma realmente en su trabajo actoral es un soberbio Tom Wilkinson, que encarna (en unas pocas escenas) un pequeño papel lleno de fuerza y al que dota de una garra y presencia absolutamente absorbentes.

 

Hermosa fotografía, cuidada estética de corbatas y luces nocturnas en la gran ciudad cosmopolita, el apartado técnico de la cinta es posiblemente su punto más fuerte y más transparente, pues el objetivo inicial de mostrar una historia de nuestro tiempo con realismo y sin tapujos acaba ensuciada, escondiendo los intereses de unos y mostrando las miserias de otros.