Más allá de la vida (Clint Eastwood, 2010)

Como Walt Kowalski, su personaje en Gran Torino, que salía al jardín con una escopeta predicando la tolerancia, el Clint Eastwood director pretende aleccionarnos a golpe de martillo, hacernos creer que su cine es el mejor regalo posible, una experiencia trascendente y sanadora.

Más allá de la vida no sólo cuenta una historia mediocre, escrita con torpeza por un Peter Morgan que intenta hilvanar tres historias paralelas sobre experiencias de vida, muerte y espiritualidad con tintes sobrenaturales sino que, además,  está contada bajo las formas de un Eastwood que trata de magnificar todo como si aquello de lo que hablase fuese una gran obra maestra. El resultado cae del lado del tedio y de lo ridículo.

La película tarda más de media hora en presentar a sus tres sencillos protagonistas, en interminables secuencias de previsible desarrollo. Esa lentitud narrativa, que no es en el fondo estilo sino simplemente torpeza, se alargará durante todo el metraje hasta conformar unas dos larguísimas e innecesarias horas.

No estamos nada lejos de un telefilme de sobremesa, por mucho que las imágenes pretendan ser todas trascendentales. De hecho, el referente audiovisual más cercano, especialmente en su primera mitad, no es ni de lejos ningún otro filme de Clint Eastwood, sino la lastimosa Tsunami: el día después, hecha para la televisión.

¿Puede haber un personaje peor escrito que el de la encantadora Bryce Dallas Howard? A través de sus contadas escenas, sin embargo, la película intenta despegar pero sólo logra dar tumbos hacia ramas argumentales dispersas sin sentido alguno. Eastwood se maravilla ante la belleza de la actriz y le regala algunos de los mejores planos de la cinta.

Lo cierto es que no podría empezar mejor como filme comercial que es, ofreciendo posiblemente la mejor escena de catástrofes naturales de la última década. Lástima que esa historia, la de la periodista francesa que sufre las consecuencias del maremoto, sea de lejos la menos interesante, lo cual no es decir demasiado de las otras dos.

Más allá de la vida juega todo el tiempo con la contención y el efectismo, armas que conoce bien su director. La falsa profundidad, el discurso manido, las buenas intenciones, son herramientas utilizadas por enésima vez en el cine de Eastwood para tratar de aparentar que el filme es mucho más de lo que en realidad es.

La música también aparece firmada por Eastwood como compositor original. Pensemos en el movimiento lento del segundo concierto para piano de Rachmaninov. No hacen falta más comentarios.

Con lo que nos encontramos aquí es simplemente con una historia carente por completo de reflejos, que le pide al espectador que se maraville con tonterías. El ejemplo perfecto se encuentra en la escena de presentación del personaje de Matt Damon, y sus poderes sobrenaturales, cuando toma las manos de otro hombre, visualiza la muerte de su esposa tras una larga enfermedad y escucha hablar a su espíritu.

Me dice mucho algo de Abril, Abril, Abril. ¿Qué es, una fecha? Primera mención.

Pues no para de decirme algo sobre Abril, ¿tiene algún sentido para usted? Segunda.

No sé lo que querrá decir con Abril. Tercera mención (para que quede bien claro).

Al salir de la habitación, el hermano de Matt Damon le pregunta al hombre qué significaba Abril. El hombre se desploma sobre el volante de su coche, como si le hubieran descubierto. Es una escena con tantas evidencias que resulta imposible no prever lo que va a ocurrir a continuación.

– Abril fue la enfermera de mi mujer de la que estuve enamorado durante diez años.

Aquí el público debería entonar un enorme “Oh”, o una gran exlamación, o una admiración ante el genio de Clint. Son los burdos mecanismos de la peor cara de su cine. Quizás ese “Oh” sea muy grande para cierto tipo de público, pero, ¿y la historia? La historia se la llevó la marea.