La guerra del planeta de los simios (Matt Reeves, 2017)

Esta es una película sobre la integridad. El relato tiene como obligación contar la extinción de la especie humana y, sin embargo, todo gira en torno a los conflictos morales de su protagonista, que no es un hombre siquiera. Se trata de César, el líder de los simios, que se debate entre si es más importante la venganza personal o liderar a los suyos, entre acoger a una niña humana en el grupo o abandonarla a su suerte y también entre seguir los pasos de Koba, aquel simio malvado que comenzase la guerra en el filme anterior, o continuar siendo fiel a sí mismo a pesar de todo. Todo parece encaminado a forjar de nuevo la leyenda de César, uno de esos personajes icónicos que ha vivido a través de tres filmes y del que sería imposible no admirar la grandeza de sus ideales.

El simio vivirá este último capítulo con la fuerte tentación de matar por pura venganza y obligado a contestar “No lo sé” ante muchas de las preguntas de sus semejantes. Casi se nos escapa un “al fin y al cabo César es… humano”, pero no queda ningún hombre o mujer en el planeta con una integridad como esa, lo que termina poniendo al espectador en una posición donde aceptar el relevo entre razas de una manera natural. Lo interesante de La guerra del planeta de los simios es cómo se terminan construyendo esas relaciones de superioridad moral y descubrir que en las formas de la película se esconden ciertas contradicciones, especialmente las que tienen que ver con la muerte de los personajes.

Quien no haya sido íntegro hasta el final está condenado a morir en el campo de batalla por una aplicación simplista de la moraleja, pero rara vez un plano mostrará a un personaje importante recibiendo el disparo. Ahí es donde la película, construida sobre un guión profundamente elaborado del que acabará volviéndose esclava, evita mancharse las manos haciendo que la tragedia ocurra a menudo fuera de campo. Esta decisión sólo hará acto de presencia cuando se trate de un personaje noble: es mucho más fácil aceptar la muerte de un villano si se han puesto sus crímenes en escena. De modo que el discurso literario, “todos somos luces y sombras, todos somos capaces de lo mejor y de lo peor”, queda empobrecido por un discurso estético en el que las luces de los villanos no son tan visibles y, al mismo tiempo, las sombras de los héroes se esquivan con timidez.

Para responder al porqué de una película esclava de su guión hay que dejar a un lado el hecho de que Woody Harrelson cuente las motivaciones de su personaje en un largo monólogo y lanzarse a identificar el abrumador número de géneros que intenta abarcar el filme, dejando entrever que tal vez el éxito de una película de masas se encuentre en la capacidad para incluir todos los ingredientes posibles lo que, por cierto, empuja a un metraje de dos horas y veinte y termina convirtiendo un relato sobre la integridad en una película sobre la incapacidad de síntesis. Ojo a la banda sonora de Michael Giacchino: con él, en uno de sus más interesantes trabajos de los últimos años, es difícil perderse en esta conjunción de géneros cinematográficos. Hay espacio para el western y también para el conflicto bélico, hay lugar para el amor y para el odio, para la tragedia más profunda y, de manera muy sospechosa, hay espacio para un solo golpe de humor que hace que la fórmula se tambalee.

Cuando la película por fin encuentra el escenario en el que desea que confluyan todas sus historias, bastión para el hombre y prisión para los simios, el filme despliega sus momentos más intensos a través de una intensa trama carcelaria en la que los herederos de la Tierra deben escapar de las garras de los humanos. Allí se dan cita la espectacularidad, el sorprendente ejercicio de contención dramática, el admirable manejo de la tensión narrativa y el hábil entretejido de los conflictos internos de César, que se reflejan uno por uno en la riqueza expresiva de su rostro digital, además de un profundo sentimiento de empatía transmitido a través del sufrimiento de los simios, que luchan por sobrevivir en su cautiverio. Con la eficacia que demuestra para enlazar esta trilogía con el original de 1968 a base de golpes de guión, se diría que La guerra del planeta de los simios es una película perfecta, aún cuando haya cometido más pecados que sus protagonistas.