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La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013)

A la hora de concebir una caricatura, la mayor y más sorprendente virtud en juego es esa brillante capacidad para captar, con una sola pincelada, el espíritu profundo de una situación compleja. En su primera escena tras el prólogo, La gran belleza nos sitúa en una terraza donde tiene lugar una mascarada en la que aparecen, convocados, todos los fantasmas de la sociedad italiana del momento. Pero pronto la caricatura burlesca y bizarra revela sus intenciones y se erige como monumento, en tanto que ambiciona conjugar la historia de Roma con un distanciado y frívolo presente, al tiempo que encontrar espacios para exponer una absorbente reflexión vital sobre el paso del tiempo, con la melancolía como hilo conductor a través de toda esa bacanal audiovisual.

En definitiva, La gran belleza quiere contar cosas sencillas y profundas huyendo, precisamente, de todo atisbo de sencillez o de profundidad. En ese sentido pareciera que la rúbrica visual de Paolo Sorrentino se haya convertido en un reclamo en lugar de una cuestión de estilo personal, o mucho menos de una necesidad narrativa. El realizador convoca a los mayores referentes de su cine, como si hablar de la historia de Roma también obligase a narrar la película bajo los cánones del mejor cine italiano. Pero acudiendo a su reminiscencia más cercana, si en el cine de Fellini la puesta en escena desembocaba en la necesidad de unos ciertos movimientos de cámara, en Sorrentino es el deseo de realizar ciertos movimientos de cámara lo que parece haber condicionado la narración, empujando la película al terreno de lo condescendiente. Incluso en un filme de marcado carácter autorreflexivo, el virtuosismo formal no ofrece espacio alguno para la reflexión, como si sus imágenes no estuviesen consagradas a mostrar la belleza de la ciudad, sino a alabar en realidad el genio de quien firma esas imágenes.

Bajo esta lectura podría afirmarse que, a pesar de las intenciones de aunar la forma y fondo más sublimes posibles, en La gran belleza lo que se cuenta no termina siendo tan importante como la manera en que se cuenta. El peligro, en este caso, es que las formas de la película no son tanto conductores narrativos del discurso que subyace tras ellas, sino que son absolutas protagonistas de la ficción hasta el punto de fagocitar muchas escenas. Su montaje apresurado y vertiginoso parece obra de la mejor Thelma Schoonmaker, sólo que aquí el salto continuo sirve especialmente para sortear posibles juicios en torno al cuestionamiento de una caprichosa puesta en escena.

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Sorrentino parece más preocupado por obtener su ideal de belleza venga de donde venga, aún cuando traicione a los propios planteamientos sobre los que pretende sostener el filme. Así, mientras se habla de la historia de Italia a través de sus edificios y esculturas, el filme no teme vestirse con las piezas musicales de Arvo Pärt o de Gorecki, invitados aparentemente a través de la revisión de la iglesia católica que intenta poner en escena la película. Esa permisividad con respecto al protagonismo de las formas lleva también al ensimismamiento más absoluto, como en las imágenes sobre el techo que se transforma en océano. Son estos los momentos que sintetizan todo el cine del autor, empeñado en subrayar lo poético que está siendo el filme en cada uno de sus hallazgos formales. Esa necesidad por advertir qué brillantes son sus recursos puede revelar importantes lagunas que conviene poner en perspectiva.

Y no son pocas sus conquistas, como la hermosa travesía que propone a través de los lugares más emblemáticos de una Italia bellamente fotografiada por Luca Bigazzi. O la contundente interpretación protagonista de un Toni Servillo que ha conseguido conjugar al galán italiano tradicional con la mirada, desencantada y melancólica, de alguien que lamenta cómo el glorioso pasado de su ciudad ya tiene poco que ver con su presente, aún cuando conviva a diario con las ruinas del pasado. Filme sobre lo vivido y sobre el olvido, homenaje a esas ruinas que deja el paso del tiempo. Quizás la película se encuentre mucho más cerca del dicurso que persigue en esos sutiles gestos del actor que en esa ostentosa propuesta visual que termina funcionando por puro agotamiento. O tal vez sea la única manera de hablar realmente de una Italia donde la sinceridad está totalmente ausente. Un filme que se jacta de sus simbolismos y de sus múltiples lecturas pero que le indica al espectador en todo momento cómo debe sentirse. Quizás la escena que define del todo a La gran belleza sea aquella en la que los amigos cercanos se reúnen y terminan compartiendo sus miserias para sentirse menos solos, más queridos. Sorrentino ha sabido retratar su presente de la única forma que sabe, pero al mismo tiempo ha evitado incluirse a sí mismo en esa reunión. La gran belleza es muy consciente de todo cuanto pone en juego, excepto de su propia condescendencia.

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