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jOBS (Joshua Michael Stern, 2013)

Posiblemente, lo único difícil de conseguir con la biografía de Steve Jobs bajo el brazo era hacer una mala película. Su prólogo, que se limita a escenificar una de las míticas presentaciones de producto de Apple, evidencia que bastaba con representar lo ya conocido para contagiar la pasión y el ímpetu de su personaje. Pero las ambiciones aquí son otras, se remontan a los orígenes y a la creación del mito, y a más de un espectador le decepcionará saber que el filme que sigue a ese prólogo no pone un solo pie en el siglo XXI.

Jobs, la película, sabe que las posibilidades de abordar una historia como esta son múltiples, y que por tanto cada una de sus decisiones será controvertida. Quizás ese era el más sugerente de los enfoques para acercarse al filme: ver qué decisiones se habían tomado para representar la vida de una celebridad. El resultado descansa sobre la intención de unificar todos los enfoques posibles, que tengan cabida todas las miradas y todas las anécdotas. Dicho de otro modo, al querer apostar por todas las posibilidades al mismo tiempo, Jobs no apuesta por ninguna de ellas. 

El filme quiere adscribirse a los cánones del biopic clásico televisivo en torno al protagonista y a sus pequeños dramas, y al mismo tiempo asemejarse al estilo realista y milimétrico impuesto por David Fincher en La red social (2010). Quiere apuntarse al club de las frases inspiradoras y que los grandes discursos den sentido a las escenas, pero no sabe unificarlo con el carácter rebelde del protagonista en su entorno laboral y la combinación queda impostada. Quiere mostrar a todos los personajes que formaron parte del hecho real, y esa incapacidad de síntesis acelera el montaje e impide que los momentos más interesantes e intensos puedan respirar. Quiere poner el foco sobre el seno de la empresa y las discusiones que generan la mayor crisis del relato, pero la falta de tiempo condena ese segmento a la composición mediocre de una intriga empresarial propia de una película del montón.

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En definitiva, el proyecto de Joshua Michael Stern parece nacer, como en el resto de su filmografía, con el deseo de encontrar el relato inspirador que conmueva y emocione, pero la ingenuidad de su tratamiento remite a unos descuidados lugares comunes. Si el relato se sostiene aquí es porque el sustento de los hechos reales atrae la atención hacia una expectativa futura que nunca queda satisfecha, porque la resolución de sus planteamientos es siempre tan infructuosa como condescendiente. A su falta de riesgo habría que sumarle una puesta en escena que, en su afán por adaptar una estética propia de los años setenta, acaba sirviendo como metáfora del conjunto: el teleobjetivo como herramienta narrativa principal está a tanta distancia de los actores como la película de sus personajes.

Un curioso detalle que puede arrojar luz sobre Jobs es la banda sonora de John Debney. La partitura reinterpreta, a su manera, el discurso emocional, lírico y épico pero también contenido del trabajo de John Williams para Lincoln. La música se revela aquí grandilocuente y parece encajar con una interpretación ingenua del sueño americano. ¿Eran esas las auténticas intenciones de la película, que se filtran a través de la narración musical? De ser así, el deseo era tan ingenuo y ensimismado como la propia partitura. A pesar de la elección de Ashton Kutcher como protagonista, la película convoca a un personaje innovador y atrevido a partir de una ficción que nunca es ni una cosa ni la otra. Se trata del más convencional biopic que podría haberse concebido, justo lo contrario de aquello que representaba Steve Jobs. Y en ese sentido, se ha hecho la única película de la que alguien como él nunca estaría orgulloso.

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