Gru 2, mi villano favorito (Pierre Coffin, Chris Renaud, 2013)

Tenía que ocurrir. ¿Cómo desprenderse de un personaje como Agnes, la dulce y más pequeña de ese trío infantil? O cómo olvidar en un cajón una creación como los minions, esos seres que han convertido su presencia publicitaria en un auténtico reclamo de éxito. Tenía que suceder. Las posibilidades que dejaba abiertas Gru, mi villano favorito (2010) eran demasiado tentadoras .

La segunda película en torno al villano que se ha convertido en héroe por accidente, y en padre de familia por pura convicción, respeta el material del filme original. Quizás demasiado para un relato cuya razón de ser era su espíritu subversivo.

El único inconveniente de Gru 2 es aquello que hace naufragar a la película en un mar de lugares comunes. Si eran los minions las criaturas que se ganaban las risas y el aplauso del público, ¿qué evitaría convertir su secuela en una sucesión de gags protagonizados por ellos? Los personajes ya cuentan con el corazón del espectador y una peligrosa permisividad que implica muy poco cuidado hacia una trama endeble. Si lo importante se ha convertido, simplemente, en ver a tus personajes favoritos poblar la pantalla sin necesidad de justificar su aparición, el cine viaja amenazadoramente hacia el terreno de la atracción de feria.

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Al tiempo que los minions soportan el humor en la película, el contrapunto es la ternura de Agnes, que vuelve a protagonizar las cariñosas réplicas hacia el que, en teoría, debería ser el verdadero protagonista de la función, un Gru que permanece fuera de escena en los momentos más importantes, y cuya presencia sólo se vuelve necesaria cuando el cronómetro indica que el argumento debe continuar avanzando.

En otras palabras, Gru termina convertido en padre adoptivo de las tres niñas y también del propio público, en tanto que aparece en escena para anunciar el final del recreo y justificar un nuevo estadio del relato que se ajuste al desarrollo clásico. Mientras las entrañables criaturas de la película ejecutan sus gracias con mayor o menor fortuna, la aparición de una trama que funciona a modo de paréntesis parece justificar la participación del espectador adulto.

De ahí que las tramas principales, las de salvar el mundo al tiempo que encontrar a la pareja soñada (misiones igualmente complicadas), aparecen desdibujadas en torno al supuesto encanto de unos secundarios que convierten la historia en un impreciso vaivén de anécdotas.

Esa aparente ausencia de solidez en el relato, abandonado al chiste fácil y a la resolución perezosa, es lo poco que podría discutirse de un filme de animación de  impecable envoltura. Exigente nivel técnico que ha terminado convertido en un estándar por la vía de la saturación. En el fondo el único pecado ha sido el de intentar prolongar las virtudes de una película que ya pertenece al pasado. Convocar aquellas virtudes de manera forzada, tratar de estirar a toda costa el éxito anterior, aprovecharse de él en lugar de ofrecerle una continuidad. 

El humor que propone la película no es en absoluto censurable. La ingenuidad y lo absurdo se dan siempre la mano en agradable armonía. La reflexión que conviene plantearse es la brecha entre el adulto que acude entregado a ver la película con el deseo de “alimentar al niño que todos llevamos dentro” frente a una major consciente de ese deseo y dispuesta a aprovecharse de él, incluso a costa de que los verdaderos niños no estén invitados a buena parte de la fiesta. Ahí sí que se esconden peligros más profundos. 

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