LA BUTACA AZUL

Itinerarios y sugerencias a través del cine contemporáneo

Gigante (Adrián Biniez, 2009)

GiganteUruguay

A veces en el cine ocurren pequeños milagros, surgen joyas diminutas que resulta difícil encontrar y que al descubrirlas la sorpresa de su encanto resulta irresistible.

Tal es el caso de la ópera prima de Adrián Biniez, una película pequeña, sencilla y sin pretensiones, que gira en torno al amor no correspondido, a la timidez y a la intimidad de un personaje anónimo para relatar una historia que triunfó en el festival de Berlín abanderada bajo esos mismos valores.

Valores que parecen ya perdidos en una época cuando no pretenciosa, cuando no transgresora, cuando no meramente comercial. Gigante lleva el mismo título de una antigua película hollywoodiense, plagada de estrellas. La resonancia no resulta estéril en tanto que aquella descubría los valores ocultos de la familia y el amor a través de los años. La película de Biniez ilustra ese mismo proceso pero a través del espectador.

Horacio Camandulle encarna, gracias a su enorme corpulencia y su mirada dulce, al personaje principal de Gigante, un guardia de seguridad que se enamora de una de las chicas de la limpieza y que dedica enteramente sus días a intentar formar parte de la vida de ella.

No se trata de una obsesión insana, sino más bien de un recorrido apasionado y silencioso, lleno de ternura, por los recovecos de una mente tímida e introvertida que ansía desaforadamente a otra persona.

En la sencillez de los pequeños detalles, en la puesta en escena rigurosa y bien cuidada, en el relato que avanza inexorable, bien a través de los ojos de ese admirador irredento, bien a través de unas cámaras de seguridad que recogen el itinerario al que los ojos son incapaces de llegar, se encuentra una mirada diferente y todos sus valores escondidos.

El amor no expresado, el amor oculto, escondido, y la indefensión de aquel que ama, que es capaz de amar, y que no teme que su mundo dé un vuelco hacia la persona amada, que el mundo se vuelva del revés y le muestre otro sentido, otra única dirección.

Milagro actoral, milagro de dirección, milagro en la mirada cinematográfica, que no acostumbra ya nunca en el cine de hoy a ser tan minuciosa, tan sensible, tan amante de lo pequeño y lo concreto, milagro, muy seguramente, de las vicisitudes que habrá pasado una película así para llegar  a nuestra cartelera.

Pequeñez en suma que, a través de sus incontables valores, cuando uno menos lo espera, se hace gigante.

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