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Frances Ha (Noah Baumbach, 2013)


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¿Qué sucede si a una película que retrata el tiempo presente se le aplican planteamientos estéticos originados cuarenta años atrás? Probablemente, que revelarían cómo las cosas no han dejado de ser en esencia las mismas, como si un filtro sobre el mundo nos enseñara que en realidad nuestros anhelos no son tan diferentes a los que respiraban personajes del pasado.

En su film más redondo desde lo formal y también el más apasionado, Noah Baumbach (muy de la mano de Greta Gerwig) cuenta la historia de Frances, una joven que intenta encontrar su lugar. Como ocurre con todos los personajes de la filmografía del realizador, Frances parece una niña a la que acaban de soltar en medio de esa jungla llamada ciudad. La niña mira, observa, habla, se desdice, tropieza y aprende. El realizador vuelve a retratar, con la misma pasión que afecto, esa belleza que se esconde en la posibilidad de equivocarse y que ha dado origen a los momentos más vivos de sus películas.

Así que tenemos a una joven bailarina que intenta sobrevivir en Nueva York, vista desde una mirada propia de la Nouvelle vague: blanco y negro en sus imágenes, una vivacidad inusual, un montaje insurrecto, un espíritu tan juvenil como comprometido y apasionado, y una búsqueda continua de la espontaneidad como objeto último del acto mismo de filmar.

Pero, a tenor de los resultados, la película no parece simplemente construida utilizando las herramientas características de la Nouvelle vague, sino que intenta convocar además su espíritu. La espontaneidad surge de una incesante repetición de tomas, mientras que las constantes referencias a Truffaut o la presencia de la música de Georges Deleure resultan inequívocas: Frances Ha no intenta repetir las constantes estéticas de un movimiento artístico del pasado de forma caprichosa, sino que convoca al propio movimiento para interrogarse sobre si, aún hoy, aquellos principios siguen siendo cercanos a la sensibilidad del espectador del presente. La respuesta es rotunda.

Quizás no sea tan importante comprender o no los actos de Frances como personaje, sino acompañarla en su proceso de aprendizaje y observar cómo sus vaivenes la empujan a madurar. Quizás el cine sea más bien un acto en el que no importe tanto conectar con el personaje como con la mirada del cineasta que filma lo que está ocurriendo en la pantalla. Y lo que ocurre aquí a ese nivel es a todas luces apasionante: que un plano dure más de la cuenta para poder captar una sonrisa, que la belleza se halle en la conversación de alguien incapaz de encontrar las palabras adecuadas o que seguir una carrera sin rumbo ni objetivo siga siendo lo más apasionante del mundo. En ese sentido, la Nouvelle vague sigue más viva que nunca. La virtud de Frances Ha es su generosidad con la que celebra esa certeza sin la necesidad de aplaudirse a sí misma. 

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