El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos (Peter Jackson, 2014)

¿Tiene sentido un relato que se agigantó para poder dar cabida a otras tantas cuestiones que han quedado irresueltas? No hablemos de libro versus película, un debate ya estéril, sino de las delicadas incoherencias que han venido a vertebrar esta trilogía, que las dos primeras salvaban con la promesa de una continuación futura y que desembocan con estrépito en esta última entrega, tal vez la más pobre de entre todas ellas. 

Quizás el descalabro habría que buscarlo en que su vocación nunca estuvo en atrapar el espíritu de un cuento infantil como El Hobbit, sino en servirse de él para resucitar la experiencia comercial de la trilogía de El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001-2003). Este revival ha terminado convirtiendo las virtudes de aquellas películas en clichés recurrentes: las largas panorámicas, los primeros planos sobre los personajes o la utilización ininterrumpida de la música, al tiempo que no le importa traicionar su propio material literario.

En lugar de aquellas virtudes, La batalla de los cinco ejércitos ha terminado plegándose a los términos más comunes de la hipertrofia digital que azota a la gran mayoría del cine de la gran industria: un exceso de manipulación digital que, lejos de construir la fantasía, genera poderosos argumentos para la incredulidad. Basta con ver el fuego que el dragón Smaug arroja sobre el pueblo durante los primeros minutos para entender  lo que se ha perdido por el camino: el fuego o el agua no son ni se sienten ya reales. ¿Qué nos queda? ¿Qué hemos ganado? La pantalla se llena de actores que se descreen a sí mismos en un proyecto que descuida el rodaje y confía en que todas sus imágenes cobren sentido en la postproducción.   

El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

Puede que lo que más pueda lamentarse de esta operación es comprobar, aquí, que la pobreza narrativa de Peter Jackson quede tan al descubierto. No sólo porque repita hasta la saciedad los mismos recursos y con cuestionables resultados, sino por la manera en que ha encaminado, cada vez más, una narrativa hacia lo primitivo y lo deliberadamente previsible. ¿Cuántos primeros planos hay hacia un personaje antes de mostrar la panorámica de un escenario sobrecogedor? Uno quiere hablar bajo el lenguaje de la épica inagotable sin entender que su insistencia ha terminado traducida en pura desidia.

¿Qué queda de la discusión argumental? Por qué despachar de esta manera a Smaug, qué ocurre con Bardo y con otros personajes o cuál es el sentido de la historia de amor entre una elfa y un enano son elementos que conviene cuestionar por las fisuras que generan y por el poco sustento al que contribuyen. Cuando uno piensa en la función a la que ha quedado reducido un personaje como Beorn, o los añadidos gratuitos que han convertido a Elrond, Gandalf, Galadriel y Saruman en espectaculares máquinas de matar uno no puede dejar de pensar en la colosal operación comercial de un proyecto al que cada vez le ha importado menos otra cosa que no fuese hacer caja. No conviene engañarse: el objetivo de hacer taquilla ha existido desde el nacimiento de la trilogía original que hizo posible esta segunda y fallida reconstrucción de un cuento que no nació para albergar tal dimensión épica. La diferencia está en que este ejercicio de reconstrucción ha pretendido también servirse de la pasión que levantó a aquellas y nunca desde el entusiasmo con el proyecto presente. Algo así como asistir a la decadencia de un autor que se ha cansado de sí mismo. 

El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos