Banda sonora de El gran hotel Budapest

El gran hotel Budapest (Alexandre Desplat, 2014)

Cuando se presentaban las nominaciones a los premios Oscars de 2015 y se anunció la nominación por partida doble de Alexandre Desplat a la mejor banda sonora, la prensa convocada soltó una gran carcajada. Aquel acto anecdótico estaba poniendo en evidencia, en realidad, un síntoma que lleva reinando en Hollywood durante más de una década. Hace ya tiempo que el panteón de los compositores de música para cine no es ocupado por una nueva generación de músicos que tomen el relevo de John Williams, el último gran compositor cinematográfico que queda vivo (y, posiblemente, el gran músico americano). Ni John Debney (antiguo orquestador de las partituras de Williams), ni Harry Gregson-Williams, ni John Powell, ni mucho menos Hans Zimmer, han venido a alzarse como músicos capaces de adaptarse a cualquier estilo, de manejar una identidad musical propia al tiempo que generan una para la película en la que trabajan. Esa ausencia la vino a ocupar Alexandre Desplat, un músico camaleónico cuyo único pecado ha sido extraviar parte de su originalidad creativa debido a las grandes cantidades de trabajo que maneja anualmente.

Las formas de Alexandre Desplat casan perfectamente con los filmes de Wes Anderson no ya porque el compositor aún mantenga el espíritu irónico y humorístico de sus inicios, sino por su conocimiento de instrumentaciones de otras culturas y porque no los suele utilizar con intenciones gratuitas. La propia banda sonora de El gran hotel Budapest intenta situar el contexto de las latitudes húngaras a partir de instrumentos como la cítara, el cimbalón o la balalaika, que remitan a un cierto folklore del lugar en el que transcurre la acción. De hecho es el cimbalón el encargado de presentar el tema central de la película (que puede escucharse en la pegadiza 3- Mr. Moustafa) y que se desarrollará posteriormente. El otro gran tema utilizado puede hallarse en 6- The New Lobby Boy, donde ahora la voz principal es conducida por la balalaika y el cimbalón hace la función de acompañamiento.

Se trata de formas musicales que no cuentan con un sentido narrativo por sí mismas, sino cuyas funciones se limitan a 1) recordar la extraña procedencia geográfica del relato (la condición exótica del paisaje es fundamental para desplegar el encanto de las últimas películas de Wes Anderson) y 2) reforzar en todo momento el humor de las situaciones creadas por el filme. En otras palabras, se trata de “música divertida” en su estado más primitivo, mientras su función descriptiva ha quedado reducida a la nada. Basta con escuchar piezas como 18- A Dash of Salt (Ludwig’s Theme) o 20- Escape Concerto para comprobar que Desplat se limita a ofrecer un fondo sonoro muy ligero sin desarrollo ni capacidad discursiva alguna, algo así como la música sin sustancia de un anuncio publicitario.

No es de extrañar, por ello, que en los últimos años los directores que trabajan con el compositor hayan terminado echando mano de obras clásicas para las secuencias decisivas de sus filmes, buscando una profundidad discursiva de la que carecen las composiciones de Desplat. El propio Wes Anderson lo hizo en Moonrise Kingdom (2012), utilizando como el tema recurrente y el más importante de la película la Guía de orquesta para jóvenes, de Benjamin Britten, o cuando Tom Hooper prescindió de su compositor en El discurso del rey (2010) y acudió a la Séptima Sinfonía de Beethoven para la secuencia culminante de su oscarizada película. Lo mismo ha ocurrido, nuevamente, en El gran hotel Budapest: una de las piezas más interesantes que suenan durante el filme (7- Concerto for Lute and Plucked Strings) pertenece, en realidad, a Vivaldi. Allí donde en la música que suena existe un ánimo descriptivo, que arroja verdadera luz sobre el aliento de los personajes de la película, el compositor protagonista está totalmente ausente de autoría. Quizá habría que acudir, de forma bastante simplista, a la mala formación musical de los directores cuando se disponen a estructurar su relato en términos sonoros, aunque los problemas no terminan ahí: normalmente un realizador está más dispuesto a introducir una música que conoce previamente que confiar en las nuevas creaciones de su colaborador, algo así como el miedo absoluto a delegar, otro ejemplo de mala formación.

¿Qué ha ocurrido con el Alexandre Desplat punzante, doloroso, irónico y profundo de su primera etapa? Cuesta creer que la mejor obra de un autor que firma varios trabajos al año en Hollywood continúe siendo Reencarnación (Jonathan Glazer, 2004), una obra en la que la instrumentación era brillante y la capacidad narrativa de la música se colaba eficazmente a través de las imágenes de la película al tiempo que las dejaba respirar. La música del compositor francés sigue siendo sentimental y espléndida como lo era entonces, pero quien único ha sabido recuperar al auténtico Desplat, ese que combinaba un espíritu ácido y al mismo tiempo hermoso y elegante, ha sido Roman Polanski, precisamente en dos películas que no necesitaban música salvo en sus respectivos títulos de crédito (Un dios salvaje, 2011 y La venus de las pieles, 2013). Su colaboración previa (El escritor, 2010) también merece una mención honorable, pero el caso particular de estas dos últimas resulta especialmente brillante: música que suena únicamente en las secuencias de inicio y que es capaz de resumir el espíritu de todo cuanto ocurrirá a continuación. Quizá esa sea la diferencia con El gran hotel Budapest: mientras aquellas músicas contenían la esencia de las películas a las que acompañaban, como si estuviesen provistas de una mirada general, En el gran hotel Budapest Desplat solo tiene en cuenta lo que contempla en ese preciso momento. Algo así como el mismo sentimiento que tiene Zero Moustafa, el protagonista del filme: mientras recordar las anécdotas del hotel es sumamente divertido, el conjunto se ha desdibujado por completo. La diferencia es que las incoherencias de Moustafa vienen dadas por la senectud. Las que se dan en la música de Desplat vienen dadas, seguramente, porque no haya tiempo que perder: otros proyectos esperan, otras películas a las que acompañar, otros requisitos que cumplir.

Banda sonora de El gran hotel Budapest