Dolor y dinero (Michael Bay, 2013)

“Esto sigue siendo una historia real”, reza un intertítulo de la película justo antes de su resolución final, cuando la ridiculez y el esperpento se han apoderado del relato. Puede que ese rótulo, que congela la imagen para causar un impacto poderoso, sea lo más significativo de una película como Dolor y dinero.

Aún siendo un filme de Michael Bay -a quien no se le podrá negar nunca la exquisita belleza de sus imágenes, sus haces de luz y su ebrio colorido- las imágenes son tan inoperantes que el relato tiene que acudir desesperado al texto impreso, el último de los recursos posibles, para producir esa chispa de asombro que no han conseguido dos horas de metraje. Por supuesto, la belleza estética y las imágenes con significado son cosas diferentes.

Bay cree encontrar en esta historia, la de un monitor deportivo que planea el robo perfecto, el cruce ideal entre el relato manejable que permita inducir ciertas dosis de inteligencia, a través de la pura ironía, al tiempo que continuar la búsqueda de un cierto ideal estético. Un ideal personal y cuestionable, en tanto que remite constantemente al lenguaje nervioso y disperso propio del videoclip, pero provisto de una innegable eficacia.

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Los problemas más profundos de Dolor y dinero no son narrativos, por mucho que su guión lleve la impronta de nuestro tiempo grabado a fuego: el innecesario flashback de inicio, la voz en off redundante o los rótulos ya mencionados. El hecho lastimoso es comprobar cuánto tiempo tarda en desvelarse el verdadero artefacto, cuánto en desmantelarse esa falsa sensación de relato trepidante e inteligente para revelarse como un mecanismo que acaba sumido en aquello de lo que intentaba hacer burla inicialmente.

Para el universo sonoro de la película, Steve Jablonsky confeccionó un tema principal en el que lo contemplativo y lo evocador se vuelven protagonistas, para aprovechar las largas tomas a cámara lenta con las que Michael Bay ejecuta ciertos momentos de la acción. Aquella música, utilizada de la manera correcta, podría haber insuflado una poderosa mirada que hiciera de Dolor y dinero una película especial. Ese punto de vista en el que los desheredados del mundo confiesan sus sueños más profundos y lamentan el silencio lo lejos que se sienten del sueño americano. Una mirada languidescente y melancólica, como los sonidos de Jablonsky, que pusiera de relieve el dolor que nunca se verbaliza en torno a las oportunidades perdidas.

En su lugar, Dolor y dinero oculta la composición tras sus explosiones frustradas, sus diálogos fallidos y un sentido de la espectacularidad mal entendido. Y cuanto más se aleja de esa mirada perdida y descorazonada, más se aleja de sí misma.

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