Un día perfecto para volar (Marc Recha, 2015)

Dice Àngel Quintana que “sin ser una película animada, Un día perfecte per volar es quizás el film más cercano a Miyazaki que se ha rodado en Europa”*. Y lo sugiere porque durante la película las palabras de un adulto, Sergi López, se transforman en el único asidero del espectador para construir algo parecido a una ficción. En las imágenes del filme, sin embargo, sólo parece haber lugar para la verdad.

Ocurre así porque mientras Sergi López desarrolla un cuento infantil, las imágenes se despojan de todo artificio, de todo golpe de efecto, de todo contagio con la emoción del cuento. Porque a Un día perfecte per volar le interesa otro tipo de emoción: la felicidad en el rostro de Sergi López mientras narra y el asombro del niño mientras escucha. Apenas dos planos, que conducen al cuento completo, en los que la película de Marc Recha desvela su intención por constituirse como delicado ejercicio observacional. Un cine de mirada limpia en el que el punto de partida es, simplemente, el deseo de un padre por filmar a su hijo, verdadero protagonista del relato.

Un día perfecto para volar (Marc Recha, 2015)

La narración de Marc Recha busca, tal vez más que nunca, una depuración que lo conduzca todo a lo esencial, a una cierta pureza que case con ese homenaje a la experiencia de la paternidad. Quizás sea el único modo de adentrarse en el universo de la infancia desde la ternura y también desde la admiración. Porque ternura es quizá la única palabra que puede adentrarse con sinceridad en el misterioso terreno a través del cual fluye este esquivo ejercicio de miradas, de tiempo compartido y de historias interminables.

Hay un interesante giro en el último tercio de la película (no podría llamarse tercer acto, porque todo parece filmado en terrenos que huyen de toda narrativa convencional ), en el que el propio Marc Recha se filma dentro de la película y entonces el relato se adentra, de manera fantasmagórica, en una ficción desbocada que hasta ese momento había permanecido totalmente ajena. En ese momento puede percibirse un hermoso desdoblamiento: mientras todo lo anterior pertenece a una mirada adulta sobre la infancia, este último momento poblado de ficciones bien podría ser la mirada infantil que trata de explicarse a sí misma el mundo de los adultos. De ese modo, el propio director/padre aparece como monstruo de Frankenstein, como el único adulto capaz de relacionarse con el niño, y el personaje de Sergi López se revela como ser imaginario que una vez existió y cuya pérdida aún no ha podido asumir el niño.

Interpretaciones aparte, lo realmente conmovedor en Un día perfecte per volar no es el ejercicio de amor hacia el ser querido, ni tampoco sus posibles lecturas, sino ese valiente acto de resistencia por el cual Recha se niega a que en las imágenes se cuele cualquier atisbo de sentimentalismo, de complicidad o de ornamento alguno. En su lugar hay un cierto vacío, que se corresponde con la capacidad misma de mirar sin juzgar nada de lo que se mira. Sólo así, quizás, podría acercarse el cine a la verdadera mirada de un niño.

* Crítica de Àngel Quintana en Caimán. Cuadernos de Cine, Octubre 2015, nº 42(93).