No hablaremos aquí de las cifras en taquilla ni de los mecanismos para el éxito de películas de bajo presupuesto, lo que nos interesa es lo que ocurre dentro de la pantalla. Y en ese sentido una de las cosas más llamativas de dos de los estrenos del verano es la tensión que se genera en su vertiente en un entretenimiento para las nuevas generaciones, el olor a un nuevo cine, contra los procedimientos profundamente clásicos desde los que se construyen esas ficciones.
En la primera, Backrooms (Kane Parsons), todo parte de una premisa propia de la era digital: los espacios liminales, esas fotografías de lugares vacíos, en muchos casos modificadas para convertirse en espacios imposibles. Nuestro cerebro intenta abrazarse a los recovecos que le resultan familiares mientras no deja de enviar inquietantes alarmas sobre las partes que no termina de reconocer. Estas imágenes se han convertido en una forma que nuestra época ha utilizado para expresar que en la era de lo digital el mundo ya no se siente como el hogar de antes.
Era cuestión de tiempo que aquellas imágenes inquietantes dieran el salto al cine. Lo que no era tan predecible es que se encargaría de ello un chico de diecinueve años, un Kane Parsons acostumbrado al mundo del vídeo en YouTube, en un formato que ya jugaba con estos espacios como caldo de cultivo para fragmentos cortos en modo found footage con los que explorar ese espacio en primera persona. Backrooms inicia la película utilizando ese lenguaje, con un vídeo en primera persona sacado de una cinta VHS filmada en los años noventa, y su montaje extendido termina también con una intervención de un equipo científico examinando el lugar a través de unos protocolos exhaustivos que no dejan de recordar a La amenaza de Andrómeda (Robert Wise, 1971).
De hecho, a tenor del resultado, uno se pregunta si el largometraje no debería en realidad discurrir por completo por esos cauces, en lugar de tejer una trama a través de un personaje principal. La idea de William Bromell, guionista, y del propio Parsons, es la de proponer que los lugares tienen memoria, que lo que vivimos en ellos se impregna de esa energía para siempre. Para lograr eso, caen en la trampa de insuflar de profundidad a sus dos personajes principales: Mary y Clark, psicóloga y paciente respectivamente, que van a caer en las garras de un espacio entendido como misterio místico. Los constantes flashbacks sobre la infancia de Mary no hacen más que entorpecer una narración que, por lo demás, tenía algo muy interesante en su forma de relación con el espacio.
Quizá el verdadero problema de Backrooms como película que intenta encontrar un lugar nuevo desde el que construir ficciones de terror, es que el concepto de los espacios liminales ya es una puesta en escena en sí misma: se trata de la idea de la inquietud del mundo a través de imágenes compuestas y trabajadas para producir esa sensación de que algo no encaja. Al llevar esa puesta en escena al cine, ya no es posible elaborar una puesta en escena personal que deshaga la que ya muestra un concepto artístico que está armado. Algo así como filmar una pintura.
Y hablábamos de procedimientos clásicos sobre los que se construyen las ficciones porque, finalmente, la película decide agarrarse a la idea de un monstruo que habita en el espacio liminal, un laberinto del minotauro con un disfraz diferente. Los pensamientos negativos de Clark, el personaje que lucha por salir adelante lleno de incertidumbres vitales, han tomado la forma de una criatura grotesca que persigue a los protagonistas a través del laberinto de habitaciones sin fin. Lo que parece la quintaesencia de una nueva forma de narrar termina abrazando la historia más antigua de todas.
Algo parecido ocurre con Obsession (Curry Barker), que parte de una idea sencilla en la que un joven utiliza un bastoncillo para pedir deseos con la idea desesperada de que la chica que le gusta lo ame más que a ninguna otra cosa en el mundo. “Cuidado con lo que deseas”, parece gritar la cinta, o al menos cuidado con cómo formulas ese deseo si lo estás pidiendo con total honestidad. La idea genera una película en torno a las relaciones tóxicas, a la dependencia emocional y al miedo a tomar decisiones dentro del mundo de la pareja que parece dispuesta a llegar con valentía hasta las últimas consecuencias.
En ese sentido, Obsession es una película ejemplar, un cine de terror que no teme poner en evidencia la metáfora con la que intenta trabajar para que el espectador pueda sacar una enseñanza tangible de ella. Su realización parte del plano medio para construir su tensión narrativa a partir de sutiles operaciones de zoom que añadan peso a las acciones de los personajes. Todo lo demás consiste en dar espacio, de manera generosa, a la interpretación de sus actores principales y a una música de Rock Burwell repleta de aciertos y de sutilezas. Hay que esperar a una segunda película del realizador para poder detectar si ese gesto de delegar en sus colaboradores tiene que ver con su generosidad como autor o con un primer largometraje que no ha podido manejar del todo.
Hay algo de Hereditary (Ari Aster, 2018) en esa forma de colocar a la figura fantasmal en una esquina de la habitación, observando en la penumbra. Hay algo del terror visual de David Robert Mitchell de It Follows (2014), una película que sí tiene mucha culpa de cómo entendemos la puesta en escena del terror en este nuevo milenio. Pero sobre todo hay algo del cine de Joe Dante, de ese tipo de blockbuster que parece iniciarse desde presupuestos rematadamente ingenuos e inofensivos para acabar haciendo saltar todo por los aires.
Hay algo de Gremlins (1984) en ella, o del Chip prodigioso (1987), en el sentido de cómo utiliza una idea muy sencilla de partida, el objeto mágico que se cuela en una ficción realista, para poder jugar con ese concepto hasta destruir la historia desde donde parte. De hecho a lo más que puede parecerse es a los Cuentos asombrosos (1985), en los que también participaba Joe Dante: una serie producida (y a veces dirigida) por Steven Spielberg que planteaba relatos de terror en pequeño formato, conscientes de que la premisa no podía dar más de sí. Un formato que acaba de cumplir cuarenta años y que encuentra su reflejo en esta nueva Obsession, en apariencia heredera del cine fantástico e imaginativo de aquellos cineastas que abrieron las puertas al concepto del cine en casa.
Lo más interesante de todo esto quizás sea esa curiosa contradicción con saber de dónde parten los cineastas y lo que han terminado haciendo. No sabemos aún si por presión de la propia industria, si por miedo a lo desconocido como ocurría con esas mismas habitaciones vacías, o porque en el fondo el cine del presente está llegando a un peligroso callejón sin salida, pero lo cierto es que los nuevos jóvenes creadores, que llegan del mundo de YouTube, del scroll infinito y de los vídeos cortos, de ese mundo de las nuevas pantallas, terminan aferrándose a las ficciones más clásicas para poder adentrarse en ese lenguaje tan particular que es cinematográfico.


