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Antes del anochecer (Richard Linklater, 2013)

Puede que Antes del anochecer sea la película más valiente en toda la filmografía de Richard Linklater. Y lo es no sólo porque con ella destruye en cierta manera una de las grandes virtudes de Antes del atardecer (2004), su final abierto, sino por el hermoso diálogo que ha sido capaz de vertebrar en torno a la percepción y a la idea de lo transitorio ahora que sus amados Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) han unido por fin sus vidas.

Uno de los primeros planos de la película sigue a Jesse saliendo del aeropuerto y encontrándose con Celine, revelando que son ahora una pareja y que se acabaron todos los posibles juegos entre el qué pudo ser o el qué será algún día, discursos que articulaban los filmes anteriores. Antes del anochecer, sin embargo, se atreve a zambullirse en lo cotidiano cuando esa ansiada unión de ambos ha terminado por consumarse. El sueño romántico se desvanece y la realidad de lo concreto inunda la pantalla.

En una de las escenas de la película, construida sobre el diálogo como elemento inconfundible del autor, Jesse habla de sus dos novelas autobiográficas. Naturalmente, ambos libros se ocupan de los acontecimientos que relataban las dos películas que integran, junto con ésta, una sugerente trilogía más cercana a los cuentos morales de Eric Rohmer que a cualquier película romántica contemporánea. Pero su nuevo libro ahora trata de personajes con diferentes percepciones y su manera de entender el mundo, tal y como ocurre en este tercer filme con sus protagonistas.

La percepción personal de lo cotidiano y su eterna discusión con lo platónico. Ya no estamos frente al mundo idílico de la relación romántica (Antes del amanecer, 1995) ni tampoco ante el deseo inalcanzable de las oportunidades perdidas (Antes del atardecer). Lo ideal y lo soñado han dado paso a lo concreto, y la película se sitúa entre la fisura que separa ambos mundos, esa que se pliega con dulzura en ocasiones y que en otras no podría estar más distante. El ideal romántico le ha cedido su protagonismo al punto de vista y, a través de él, también al descontento entre dos amantes que viven las cosas de manera diferente.  

Pero la película no se queda simplemente en recrear esa tensión entre utopía y la realidad del día a día, sino que introduce una idea de aparente sencillez pero de conmovedora trascendencia. Celine tiene que convocar por enésima vez aquel plano de los amantes calcinados que aparecían en el Viaggio in Italia de Rossellini (1954) para hablar de la idea de lo transitorio, pero el relato no necesitaba de la cita cinéfila en tanto que transforma lo genial en redundante. Tan sólo una secuencia antes, una amiga de la pareja ha hablado sobre su marido, recientemente desaparecido, y su monólogo alumbra ya la cuestión de manera sutil y definitiva.

La presencia de lo transitorio en la película, ya sea en aquel discurso del amante fallecido o de las pinturas medievales que comienzan a desintegrarse  resulta, una vez más, valiente. Y lo es porque por fin pone en cuestión un elemento que convertía en modelos peregrinos de lo romántico las películas anteriores. Aquellos, por otra parte, maravillosos dípticos. Celine y Jesse se conocieron y enamoraron mientras hablaban del futuro, y se reencontraron años después para tratar de revivir un pasado que ya les resultaba esquivo. En Antes del anochecer, lo importante para ellos sigue siendo revisar el pasado y tratar de planificar un futuro que se les escapa de entre los dedos. Nunca han prestado atención al presente. Jesse se lamenta de no haber educado mejor a su hijo y lo hace mientras rocía a sus pequeñas hijas de mentiras piadosas.

Por eso, la hermosa idea de lo transitorio relativiza toda imperfección en la pareja y alumbra la belleza escondida tras esos mismos defectos. Lo temporal y lo efímero convierten el presente en privilegio, en el único instante de existencia que poseemos, y por fin ese presente se adueña de los personajes. Al mismo tiempo hace huir al filme de todo ensimismamiento. Al contrario, existen pocas películas tan cercanas como esta, que retraten una época vital de manera tan lúcida y a partir de una sencillez tan trascendente.

Linklater se sirve de los elementos narrativos que desarrollara en La cinta (2001) para construir la más compleja y dilatada escena de la película, aquella en la que la pareja confronta la diferencia de sus percepciones y el descontento que les genera encerrados en una habitación de hotel. Ahora que han alcanzado lo que siempre desearon, ya no saben si lo siguen deseando. O, tal y como pone en escena la película, dos personas entran en crisis cuando el futuro del que siempre han hablado se ha convertido en presente. Y tomar conciencia de ese presente privilegiado no queda aquí traducido como la aceptación de una cierta mediocridad propia de la vida cotidiana, sino el aprendizaje de diferenciar entre la inalcanzable perfección del ideal romántico y la belleza que se esconde en el día a día. Es el más grande de los saltos que ha propuesto la historia de estos eternos amantes. Ese ha sido, de todos, el mayor acto de valentía posible.