El Intercambio (Clint Eastwood, 2008)

TheChangeling

Clint Eastwood se convirtió, desde sus últimas películas como actor, en un auténtico abanderado de ciertos valores patrióticos del país, verdadero justiciero defensor de la paz y el orden. Sus películas como director también han defendido siempre una inquebrantable búsqueda de la verdad, la justicia y la ética como principales materiales con que tratar.

 

En sus últimas obras sin embargo, Eastwood se ha ido despojando de elementos dramáticos realistas y simplificando su discurso hasta que, de repente, sus cuentos con moraleja han dejado de tener sentido. Al menos, han dejado de resultar estimulantes como obra cinematográfica y se han convertido en meros pastiches morales que deambulan entre el efectismo lacrimógeno y la recuperación de un cierto cine clásico americano con unas aproximaciones narrativas que resultan totalmente obsoletas.

 

‘El Intercambio’ es la constatación sublime de todo ello. Se trata de la caída en picado de su autor, un pozo negro que ya abría con ‘Million Dollar Baby’ y que termino de pulir y socavar en su díptico sobre la segunda guerra mundial, tan pretencioso como efectista.

 

‘El Intercambio’  está contada con toda una gama de recursos técnicos apabullantes, una estética y una dirección sublimes, presas eso sí de un cierto sentido del clasicismo que huele a pedantería y que trata de empapar a la película de un glamour que resulta falso en todo momento, tan artificial que estropea muchas de las secuencias.

 

En esa búsqueda del clasicismo y de reducir su historia a lo esencial, Eastwood comete ese pecado que cometen todas las malas películas que buscan difundir su mensaje a toda costa, incluso a costa del espectador: Qué malos son los malos de Eastwood, y qué buenos son los buenos. Quienes sufren injusticias no son personas, sino verdaderos santos,  y quienes las cometen son villanos irredentos que recibirán tal castigo divino que no volverán a levantarse por el resto de sus vidas. Así es el mensaje de un autor que, encumbrado hasta la saciedad, parece haber perdido el realismo y la maestría de su cine para convertirlo en vergonzosos mensajes políticos de gran alcance y enorme audiencia.

 

El argumento resulta tan poco estimulante que uno duda incluso si resultaría interesante en una película de sobremesa, que es el tipo de producto al que acaba relegada la cinta, dada su incapacidad absoluta para emocionar, para hacerse creíble, trascender de alguna manera u ofrecer un poderoso discurso que nunca llega, que permanece ahogado en una linealidad argumental que visita todos los lugares comunes de los dramas con psicópata de por medio (tema también muy manoseado ya por Eastwood).

 

Christine Collins, el personaje plano de una Angelina Jolie que pone todos sus recursos interpretativos en pro de una inminente nominación al oscar, no sólo resulta de una heroicidad inverosímil. Ese es el menor problema de una cinta en la que ningún personaje resulta creíble en algún momento (¿cómo puede un espectador creerse a ese jefe de policía que parece cobrar comisión por cada maldad absurda que comete sobre la mujer?)

 

El problema de Christine Collins es que deja de interesar en todos los aspectos  en el mismo momento en que es presentada su premisa dramática: Una mujer pierde a su hijo y le es devuelto otro por error. Lo que en una nota de periódico puede resultar curioso, llevado a la pantalla se convierte en una absurdez ridícula que no tiene interés alguno.

 

Nunca la fe inquebrantable fue tratada de peor manera en el cine, ni contada de peor forma. Nunca el tesón y la lucha por mantenerse firme ante las adversidades fueron puestas en escena de manera más risible. Un filme que juega a tratar de estafar al espectador y de ofender su inteligencia en todo momento.