Watchmen (Zack Snyder, 2009)

Watchmen

Son muchos los factores que enclavan a Zack Snyder en los terrenos de un visionario. La capacidad para recrear mundos imaginarios llenos de un poder estético siempre sugerente, siempre cambiante, y la brillantez para que a la hora de rodar en ese mundo cada plano resulte asombroso, lo convierten por derecho propio en uno de los cineastas, al menos a nivel visual, más interesantes del mundo.

 

Lo que ocurre para su desgracia es que, invadido tal vez por el peso creativo de sus ídolos de juventud, está consagrando su obra a la recreación de ciertos cómics para adultos de las pasadas décadas. Y no una representación cinematográfica de esos personajes y sus historias, pues en Snyder, el concepto de recreación es absolutamente radical.

 

Lo que Snyder hace con cada uno de esos materiales es proponerse a sí mismo la recreación perfecta del cómic en la pantalla, con una profusión de medios técnicos y artísticos que quitan el hipo. Cómo evaluar, pues, una obra que lucha contra sí misma y su creatividad personal al convertirse en un mero instrumento para plasmar en cine la obra de otros autores?

 

Como en el caso del director  Stephen Daldry (‘Las Horas’, ‘El Lector’), que parece obcecado en generar películas salidas siempre de los más controvertidos best-sellers, Snyder muestra en sus, hasta ahora, dos recreaciones de la obra de Frank Miller, una obsesión por tratar materiales ajenos que comienza a revelar unas carencias creativas y una vacuidad de planteamiento y discurso decepcionantes.

 

En ‘Watchmen’, todo es enorme, y todo sobrepasa la condición de mera película de aventuras. Tal y como haría el cómic en su época, la rebelión contra el formato y la duración corriente es sobrepasada con creces, las trazas narrativas se van desagregando hasta convertirse en casi infinitas, el discurso filosófico final que llena de un espíritu etéreo y reflexivo la parte final no debe faltar, y, en definitiva, todo se transforma en mastodóntico para tratar de contar una historia de enormes proporciones.

 

Lo que pierde a ‘Watchmen’ en su propia genialidad es precisamente ese desbordamiento por todos sus costados. La genialidad visual, presente en cada plano, ahoga al argumento, y el argumento es tan denso que ahoga las secuencias entendidas como unidades individuales. Lo que importa al final no es el todo, ni tampoco una secuencia concreta, ni una idea. Lo que parece importante según el director es la capacidad de traspasar con una perfección sin paliativos el material del cómic a una película.

 

Y es posible que los admiradores de ese tipo de historias se sientan recompensados, en esta una de las pocas películas inteligentes sobre superhéroes que se han realizado. El ensimismamiento visual de su director, que bebe tanto del videoclip como del cine clásico, es otro de los alicientes para perderse en las inconmensurables imágenes de la película, un producto que, por muchas razones, va en contra de estos tiempos en los que la inteligencia y la profundidad están devaluadas.