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Todos queremos lo mejor para ella (Mar Coll, 2013)


Cuando Geni le pregunta a su asistenta qué sintió al abandonar su país de origen, ella responde: “tristeza”. Cuando le pregunta qué siente ahora que está lejos de casa, ella responde: “tristeza”. Es el único momento del relato en el que la película logra poner en cuestión la magnitud de los problemas de su protagonista, enfrentándolos a una persona que, posiblemente, haya vivido una aventura mayor.

Geni ha sufrido un accidente de coche, ha superado un traumatismo, se enfrenta a una cojera en la pierna derecha y a problemas en el habla. Pero la vuelta a la vida tras el accidente saca a la luz otros problemas, los auténticos, los que se habían quedado dormidos tras aceptar una rutina que ha ahogado toda probabilidad de realizarse. A partir de ahí, el personaje inicia una huida de sí misma sin rumbo aparente.

De nuevo, Mar Coll se coloca en el epicentro de lo cotidiano en una familia de la alta burguesía de la ciudad de Barcelona, un entorno que conoce bien. Ya en Tres días con la familia (2009) había dinamitado, con quirúrgica precisión, el universo vacuo y doloroso de la familia pudiente que construye sus relaciones cotidianas en base a las grandes fachadas, a la mentira como costumbre, a fingir que nunca ocurre problema alguno o a hablar de los otros como único deporte. El discurso de la realizadora se vertebra, también aquí, en base a la necesidad de escapar de aquel retrato social, siempre a partir de situaciones límite condenadas a explotar tras años de resignación.

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En ese sentido, Todos queremos lo mejor para ella es una película que llora por dentro. La mirada de Mar Coll no está lejos de la última Sofia Coppola, por mucho que la realizadora beba de fuentes más profundas. Un relato ensimismado, que lucha por hacer uso del fuera de campo, que se fascina con sus personajes y no se separa de ellos, que descansa en el privilegio de presenciar una intimidad que nadie más conoce y que persigue revelar las costuras de las relaciones humanas.

La diferencia es que, aquí, no se nos invita a ser partícipes ni a compartir el dolor ajeno como podría ocurrir en Somewhere (2010), sino simplemente a presenciarlo, como si poner en escena esa soledad implicase, por sí misma, una sublime manifestación de inteligencia. Gina transita la pantalla pero, al igual que las personas cercanas a su entorno, nos cuesta comprender la naturaleza de sus acciones. Se nos niega la posibilidad de entender esa necesidad por volver a los conflictos no resueltos de su adolescencia, como si Todos queremos lo mejor para ella denunciase ese abandono al que nos empuja la realidad tras la escuela secundaria. Hay más ingenuidad en este segundo filme, traslucida por su ausencia de frescura.

La acertada sobriedad de la puesta en escena de Mar Coll entra en conflicto con los problemas que genera Vivaldi como corazón de una banda sonora que parece carecer de toda personalidad. De nuevo, otro elemento que aparece como si se tratase de una necesaria demostración de inteligencia. El efecto producido está más cerca de lo contrario. Pero la música, o la ausencia de ésta, no es el mayor de los problemas. Mar Coll repite el clímax de su anterior película, la discusión familiar durante la comida, para revelar no tanto que ha hecho de nuevo la misma película bajo parámetros diferentes, sino que no ha encontrado otros recursos que los que ya había hallado para enfrentarse a un segundo largometraje. A pesar de poner en escena las palabras de su asistenta como contrapunto del relato, Gina continúa su camino, ensimismada, como si no le importase. Todos queremos lo mejor para ella parece denunciar ese desinterés por las historias ajenas. Denunciar el ensimismamiento que vive toda una generación. Lástima que esa denuncia provenga de una película igualmente ensimismada.   

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