Ratatouille (Brad Bird, 2007)

Tercer largo del inclasificable Brad Bird, esta vez con una cocina como contexto aventurero, que vuelve a deslumbrar por la originalidad de su propuesta, su enorme inventiva y la genial habilidad para unir la tecnología más brillante con un argumento que deslumbra incluso dentro de su corrección formal.

Comienza como una simple fuga, un viaje de ida que termina por conectar al simpático protagonista con un lugar al que siente la inevitable sensación de pertenencia y donde Brad Bird vuelve a brillar a la hora de confeccionar argumentos para películas ‘infantiles’: la confrontación del personaje sobre la difícil relación entre sus deseos y los de su familia, de una forma madura y realista en un contexto al borde del absurdo.

Técnicamente asombrosa, la perfección visual y el nivel de detalle, que parecía ya copado en el cine de animación, vuelve aquí a superarse a sí mismo, en una enésima vuelta de tuerca que pone de manifiesto los detalles más imperceptibles al ojo del espectador y les da relieve por si nuestro ojo cae en ellos de casualidad.

La cinta, repleta de fuerza expresiva, mantiene un férreo hilo entre los devaneos absurdos de sus protagonistas y los objetivos últimos de la propuesta argumental, que ata todos los cabos con naturalidad, sin darnos cuenta, como si de un truco de magia se tratase.

Evidentemente, el asombroso golpe de inspiración creativa de ‘Los Increíbles’ era difícil de reproducir aquí, pero quienes repiten trabajo están de nuevo soberbios, como Michael Giacchino en la banda sonora, que se arriesga a caer en los terrenos de John Williams y coquetea con Yann Tiersen sin perder por ello su sello personal.

Se discute mucho sobre la falta de originalidad en el planteamiento de fondo, pero lo cierto es que su infravalorado autor ha vuelto a conseguir que funcione una historia sencilla recubierta del mejor aspecto estético posible, mantener poderosamente el interés y sacarnos más de una carcajada.

La habilidad de Bird para perfilar personajes y darles relieve de un solo plumazo sigue resultando apabullante, por mucho que se le tilde esta vez de convencional. La definición de caracteres como el crítico de cocina o todos los ayudantes del restaurante, estética y argumentalmente es perfecta, y asombra comprobar que esa genialidad a la hora de definir roles y de hacer creíbles las historias nos hace terminar por creernos la historia de una rata que sabe cocinar divinamente.