Promoción fantasma (Javier Ruiz Caldera, 2012)

Modesto es un gran profesor, pero su mayor habilidad es que puede ver a los fantasmas en el mundo cotidiano como si de cualquier otra persona se tratara. Esa condición suya le lleva a ser considerado un lunático ya desde una edad muy temprana, lo cual impide que permanezca mucho tiempo en cualquier puesto de trabajo. El joven encuentra finalmente un colegio en el que ocurren hechos insólitos que hacen pensar en la existencia de fenómenos sobrenaturales, y su supuesta capacidad de comunicación con los muertos lo convierte de repente en el héroe que puede salvar la institución.

He ahí la premisa de Promoción fantasma, y ahí terminan también sus ideas de partida, pues el relato ha sido simplificado hasta convertir la sencillez en simpleza, evidenciando el tipo de público al que va dirigida y abandonándose a los tópicos de su género para construir la ficción en la que se desenvuelve. Idea interesante para una comedia al uso construida sobre un guión perezoso (“Como los fantasmas tienen una Asignatura Pendiente, es probable que si aprueban el curso…” ¿En serio?)  Lo más curioso de la película de Javier Ruiz Caldera es que rezuma un encanto que no parece costarle demasiado trabajo generar, gracias al tono entrañable de lo narrado y a las buenas interpretaciones de sus actores principales, lo que hace pensar en por qué una realización tan encantadora necesita de estos guiones construidos con desidia para poder recibir la luz verde. 

Y sin embargo, la película hace un loable esfuerzo por acercarse al humor soez y a la vulgaridad estética y narrativa para venderse así como una película más cercana al universo adolescente del presente. Es el mayor error de la cinta. De hecho sus primeros veinte minutos parecen anunciar un desastre mayúsculo. La presentación de la historia y de sus personajes principales está compuesta de todos los tópicos del mal cine comercial de la última década y el desinterés que produce está a punto de emborronar el encanto de todo lo que sucede a continuación. La película, en ese sentido, no hace más que remontar su mal comienzo, su montaje a trompicones, su humor vago y la comodidad de unos lugares comunes que la envuelven en la vulgaridad y el ridículo.

Promoción fantasma mejora cuando aparecen, por fin, los cinco espíritus que están provocando el terror en el colegio, y se desvelan finalmente las entrañables intenciones de un filme que no tiene mayor intención que la del pasatiempo hecho con agrado e ingenio. Cinco jóvenes que fallecieron en los años ochenta y que se manifiestan en el aula donde perdieron la vida. Las referencias a El club de los cinco (John Hughes, 1985) son evidentes, más aún cuando se copian varios planos de aquella inspiradora película.

Y, desde luego, es muy de agradecer la referencia a una interesante película también de corte juvenil pero, ¿a quién va dirigido ese guiño? Es muy poco probable que el público objetivo que acude a la película conozca aquella referencia, y si se trata de buscar la complicidad con el espectador adulto, entonces la película está echando por tierra sus posibilidades comunicantes, pues dialoga con el adulto y deja de lado a aquellos a quienes realmente debería enfocar su mensaje.

Al margen de esa cuestión, las disciplinas que conforman la ambientación de esa cultura de los años ochenta se dan la mano para ofrecer un entorno creíble, y es ese cuidado por la recreación bien hecha la que hace ganar muchos enteros a la película conforme esta avanza hacia su conclusión, además de una fabulosa labor de iluminación de Arnau Valls Colomer como director de fotografía. Desgraciadamente, no falta en ninguna escena el personaje grotesco o el chiste fácil que hace imposible olvidar que el lugar donde nos encontramos no da tregua alguna al humor inteligente.

Lo más destacable de la función es su fantástico reparto coral, gran exponente de los jóvenes valores interpretativos del país, encabezados por un soberbio Raúl Arévalo que sabe adaptarse de manera soberbia, verosímil y creativa a cualquier papel que se ha propuesto en su carrera. Una película con tantos personajes importantes podría haber caído en el más absoluto de los tedios si los actores que los encarnan no los hubieran convertido en creíbles. Es ahí donde radica su mayor riqueza.

La sensación final que deja Promoción fantasma es la de una digna película de género que viene a demostrar, por enésima vez, que es posible hacer cine español comercial de calidad capaz de regalarle una sonrisa perdurable al espectador, pero también que podría haber llegado mucho más lejos. El único problema es que el modelo a copiar sigue siendo el americano. El debate no está tanto en si se puede hacer o no, sino en la necesidad de tomar el caduco y mediocre modelo de la comedia adolescente americana para hacer taquilla. Quizás el enorme talento creativo que hay detrás de esta película también tenía buenas ideas para un argumento mejor. Para buscar la nueva identidad de un cine que ya ha aprendido a parecerse a aquellos gigantes que le acomplejaban, pero que sigue sin saber mirarse a sí mismo.