Mirrors (Alexandre Aja, 2008)

Alexandre Aja es un joven director que ha ensalzado con sus dos primeros filmes el cine de terror tratando de devolverle a este género cierto peso y sobre todo cierta calidad en el cine comercial americano actual, intentando huir de subproductos y contando con un holgado presupuesto para contar su historia.

 

Y su historia es un paradigma detectivesco con toques fantásticos y también con la dosis necesaria de terror (más del acostumbrado para una película con intenciones de largo alcance) para conformar una historia equilibrada, plena de interés y con un convencimiento profundo de su capacidad de entretenimiento.

 

Lo que consigue Aja es que el espectador se involucre de forma completa al proponer un personaje central, encarnado por un muy entregado Kiefer Sutherland, con el que es fácil identificarse y reconocer en él muchos de nuestros propios miedos y problemas.

 

Tras unos previsibles y acostumbrados guiños al cine de género, donde los golpes de ruido son los principales agentes de ‘susto’ y nunca de terror, la película encuentra su tono y también su propia manera de producir la tensión necesaria que mantiene vivo el relato. Esa combinación de elementos policíacos y tenebrosos recubierta de una estética estilizada, sugerente y bien rodada funcionan como principal motor del entretenimiento del filme.

 

Paula Patton como estupenda acompañante de la función (lástima que su personaje ofrezca un solo registro) y el propio Sutherland se reparten casi la totalidad de los planos de la película y ambos salen triunfantes en ese leve duelo interpretativo.

 

La resolución de la trama fantástica, un punto crítico en este tipo de películas donde se suele hacer aguas al desbordar las reglas del relato fantástico y alcanzar casi siempre la ridiculez, permanece aquí sin embargo pleno de lógica y sentido, equilibrado en su desarrollo, ordenado y justificado con plenitud, no sin olvidar las acostumbradas sorpresas argumentales que regala siempre este género.

 

‘Mirrors’ no ha terminado y ya puede afirmarse que conforma uno de los ejemplos más estimulantes del cine de terror comercial de esta década, donde ni sus golpes de efecto ni el argumento están supeditados a la producción de miedo. Esa solidez narrativa y también estética la coloca de un lado triunfal y digna de ser vista por un público amplio.