Maria Antonieta (Sofia Coppola, 2006)

La hija del gran Francis, despojada ya de esa pesada losa, de esa etiqueta difícil de llevar, de nuevo en las labores de directora y guionista. Y de nuevo contando una historia donde tiene cabida un proceso de madurez determinante, una etapa de crecimiento que adora retratar y por la que gracias a ella profesa una gran devoción por sus personajes.

Coppola reinventa el género de las películas de época, tan maltratado por la dosis de cursilería exacerbada con la que se ha castigado a éste a lo largo del tiempo. Más cerca de Barry Lyndon, por citar un grande, que de otras películas menos profundas que abundan en su género, es de las pocas que no se pierden en la recreación de una época o en la incontrolable pasión por mostrar el vestuario de la producción, sino que mantiene un perfecto equilibrio entre la profundidad del personaje principal y el envoltorio que la rodea y que termina por configurarla.

Mantiene su estilo, para bien o para mal, arrastrando incomprensiblemente la polémica allá donde va, en el que conviven un espíritu joven, soñador y rebelde, que a menudo fagocita el discurso global del filme, con unos personajes a menudo distantes, muy bien moldeados pero fríos en su resolución. Ese estilo que parece venir de familia, donde a veces se huele la influencia de su padre, integrada y renovada dentro de su propio discurso, fresco, renovador, que reconcilia con el buen cine y con su mirada, de sabor artesanal y de factura técnica impecable.

La puesta en escena es gloriosa, gracias a un diseño de producción tan fastuoso como elegante, tan colorista como equilibrado, una puesta en escena tan arriesgada como llena de gusto, deslumbrante y entregada por completo al servicio de la historia. La película termina por configurar su estética recubierta de agradables tonos pastel, con la sola excepción del paréntesis del palacio de verano, donde abundan las puestas de sol, y es en ese portentoso marco visual donde la autora sabe colocar la cámara sin perderse en el calidoscopio colorista de su propia creación, a veces en planos llenos de sobriedad y firmeza cuando la escena lo pide, y utiliza la cámara al hombro sin importarle la diferencia en el formato ni en la calidad del grano, cuando intenta acercarse más a las reacciones de la joven reina, atrapada por su situación, y saltarse también visualmente el protocolo al que está sometida.

Es inteligente al describir el protocolo como un lastre que entorpece las relaciones y termina por configurar una vida poco satisfactoria, y también inteligente porque no se ceba en ese conflicto sino que lo pone de relieve y trata de despojarse de él para traer al personaje a un primer término.

Otro acierto de Sofia es el de otorgarle tanto poder a las habladurías, omnipresentes en los planos en los que Maria Antonieta permanece en silencio, o simplemente camina por los pasillos ante la atenta mirada de todos. Evita las intrigas baratas de palacio o las estratagemas políticas que podrían haber ahogado su historia, y se centra en mostrar con lúcida sencillez narrativa cómo le afecta escuchar esos comentarios casi imperceptibles pero siempre presentes.

Coloca el foco muy alto, alumbrándola, creando un aura de pureza sobre ella que va desapareciendo conforme experimenta el dolor de la vida de adulto, pero no la magnifica. Crea un personaje muy humano, extrañamente muy cercano, de ahí su habilidad narrativa, castigado por la ambigüedad de su situación y donde el exceso de comodidades no logra disfrazar la situación que la directora muestra de forma visual muy acertada en varias ocasiones una niña encerrada bajo las cuatro imponentes paredes de un enorme pala

De duración desmedida, con paréntesis innecesarios y del todo prescindibles, pero firme en sus convicciones, no se traiciona jamás a sí misma ni a su espíritu, y a pesar de su aparente pérdida dentro del entramado de palacio avanza sinuosamente hasta la magistral resolución final, al margen de si es acertada o no la elección del plano más importante y  seguramente también sea el más arriesgado y valiente: la reverencia final, el perdón, la disculpa infinita.

Es posible que no perdure, que quede encasillada como un frívolo intento de reconstrucción histórica de dudosa fiabilidad, o que sólo se la recuerde como la película de época que utilizaba música rock como fondo sonoro, pero lo innegable es que ofrece dos horas justas de la maestría de una autora que se consagra como amante de un cine tan personal como brillante, pretenciosa por querer hacer la mejor película posible pero de ninguna manera en su discurso, y eso es una gozada verlo.