Invictus (Clint Eastwood, 2009)

“Soy el dueño de mi destino. Soy el capitán de mi alma”. Así terminan los versos del poema de William Henley que sirvió a Nelson Mandela como inspiración espiritual durante sus años de encierro. Versos muy del gusto del cine de Clint Eastwood, que siempre ha vivido de ese tipo de sentencias y que aquí viven bajo una mención omnipresente para sostener sobre ellos toda una película acerca de la fe de un hombre en su nación. Un retrato de un personaje histórico que pronto comienza a desvelar todas sus fisuras.

Que el argumento se centre en cómo los éxitos de la selección Sudafricana de rugby unen a un país y terminen con el apartheid no implica que Eastwood lo haya tratado con eficacia. Como es costumbre en él, la intención constante de regalar frases lúcidas para el recuerdo obliga a éstas a aparecer en los momentos menos adecuados y a supeditar la trama a la aparición de esos supuestos diálogos brillantes.

El director pretende tocar tantos hilos, observar todas las ramificaciones por las que el interés mediático sobre el equipo de rugby termina por unir a una nación entera, que dispersa su relato y no consigue tejer ninguna trama con fuerza que logre que esos hechos no paren del mero interés documental.

Eastwood rueda las escenas de deporte sin pasión alguna, con la misma sobriedad con que pretende que su cine sea calificado de “sencillo” aún descubriendo su impostura, resultando una colección de imágenes deportivas sin sustancia resueltas con un montaje atroz que culmina en una nadería argumental. El metraje dedicado a los partidos aporta muy poco en una cinta que se basa en la importancia de los acontecimientos que ocurren en el campo y que se traspasan a unos efectos sociales de asombrosa magnitud.

Acabar cayendo en el tópico de las películas deportivas, donde los momentos culminantes se montan a cámara lenta, junto con la búsqueda de la emoción a toda costa sin sustancia alguna, se vuelven las mayores armas con las que el efectismo puede atrapar a la mayor cantidad de espectadores posibles a pesar de que la traslación de la novela al discurso cinematográfico muestre evidentes lagunas narrativas.

Excelente creación de Morgan Freeman en el papel del líder (una creación que se extiende también a su representación física, de indudable parecido) cuya participación resulta el único aliciente para sostener una película que apenas cuenta con ningún otro. La aparición testimonial de Matt Damon como segundo miembro de la trama apenas aporta detalles sin importancia a la construcción narrativa.

En definitiva se trata un relato rodado sin pasión alguna, precisamente en un género que necesita de una fuerza motriz fuera de lo normal para poder funcionar. Si lo que se buscaba era narrar los acontecimientos de una manera original, resulta entonces de lo más incoherente recurrir a una planificación tal convencional en las escenas deportivas.

Lo que queda es la actuación de Freeman, soberbio en su representación. El mensaje universal repleto de valores tan clásico en el cine del realizador americano suena aquí al menos sincero, rebosante de buenas intenciones. La película, carente de fuerza y empuje, se vuelve con el tiempo en una mirada melancólica hacia acontecimientos pasados. Un documental apoyado en la ficción, con un reparto de lujo filmando un bello momento de la historia.