El libro de la selva (John Favreau, 2016)

El libro de la selva (Jon Favreau, 2016)

Cuando Baloo, convertido ahora en un animal digital, echa por tierra su condición hiperrealista recién adquirida y se lanza a entonar la canción compuesta para la película de Disney de los años sesenta, el propio concepto de este nuevo Libro de la selva se desmorona. La música condena a la película, como si se hubiese llevado a cabo el nuevo filme de Jon Favreau simplemente para decir que tiempos pasados siempre fueron mejores, que esta pátina oscura y cruel del relato es sólo una fachada y que en el fondo ya no se puede hablar de esta novela en el cine si no es a través de aquellos dibujos animados.

El Rey Louie, convertido aquí en un terrorífico gigantophitecus que invita a pensar en la película como un videojuego de plataformas con jefe final incluido, también se lanza a cantar durante su escena. El efecto es similar al de quitarse un disfraz: no es una reinvención de los mitos concebidos por el escritor Rudyard Kipling, sino la película de siempre pasada por un filtro digital, un nuevo efecto visual primario que pueda embelesar por sí mismo.

El libro de la selva (Jon Favreau, 2016)

En ese sentido, pareciera que a Jon Favreau sólo le interesa poder afirmar que hasta El libro de la selva puede convertirse en una película-espectáculo propia de la era digital. Aplicar la plantilla para que el asombro visual lo fagocite todo. Se trata de una espectacularidad mal entendida: Bagheera y Shere Khan son más fieros, más reales que nunca, y su combate con el fondo de un bosque en llamas pertenece quizá a otro imaginario más adulto. Pero la preocupación por esa estética de lo violento revela la pasión por el espíritu superheroico, el gesto superficial que ha olvidado el significado metafórico que tenían aquellas figuras de la pantera, el tigre o el oso.

Puede que la primera impresión invite a pensar en un espectáculo visual sin precedentes, y que esa visión inmediata y fugaz justifique la revisitación del mito. La tentación es clara, pero el engaño es evidente. Cuando la película descubre que ninguno de los animales es auténtico, que ni siquiera la selva lo es, que tan sólo lo es el niño que encarna a Mowgli y que aún así los saltos en liana los ejecuta una figura digital, el concepto de imagen real se viene abajo para volver a argumentar, ya de manera involuntaria, que se trata de un cuento que busca a gritos el mundo animado para poder desplegar la auténtica belleza de sus alegorías. Alabar la potencia visual de la propuesta es una manera de asumir que las canciones no nos han dejado ver el bosque.