Deseo, Peligro (Ang Lee, 2007)

 

*esta crítica puede revelar partes de la trama


            Hablar de Ang Lee a estas alturas resulta tan redundante como innecesario, pues su condición de autor ha trascendido incluso al público no cinéfilo, hecho que da una poderosa idea de su maestría fílmica tanto como de su fuerza mediática, y de si la magnitud de su discurso es tal que es capaz de llegar a todas las tipologías de espectadores posibles. 

 

            Hablar de ‘Deseo, Peligro’ es hablar de un engañoso regreso a los orígenes. Regreso por volver a rodar en su China natal, una China más desnuda y descarnada que nunca, situada en un contexto histórico especialmente sangrante para ella y en la que no parece haber paliativos al ser descrita con crueldad. Engañoso sin embargo pues poco tiene que ver este autor con el que rodase films como ‘Comer, beber, amar’ a principios de los años 90. Lo que queda latente en la obra es el estilo de hacer cine americano, tanto en su estructura como en su forma de desarrollarse, en la manera de aventura épica hollywoodiense más típica, pero rodada en la otra parte del mundo.

 

            La maestría narrativa del autor sigue llena de vigor, aún en plenitud de facultades, de inspiración sublime aunque aquí intermitente, tan sutil como poética, y la dirección con que extrae actuaciones prodigiosas de sus actores resulta realmente reverencial en un director que manifiesta a través de su obra su enorme amor por los personajes que concurren en ella. Tony Leung sobresaliente en un papel arisco y desagradable al que el actor consigue dar mil matices y ofrecerle cierta sutileza, y mención aparte merece el descubrimiento de Wei Tang, de la que poco se ha hablado y que promete ser una auténtica estrella, llena de fuerza en la pantalla y provista de una gracia especial para la representación escénica.

 

            Rodrigo Prieto, fotógrafo habitual de Iñárritu y que ya desbordó su enorme talento en Babel, ofrece aquí posiblemente su mejor trabajo, por supuesto ayudado por el gusto único y exquisito de su director pero donde se deja notar la luminosa mano cada vez más personal, poderosa y sutil del fotógrafo mexicano.

 

            Alexandre Desplat sin embargo, como todo compositor en una época en la que todas las producciones parecen querer contar con su servicio, muestra una partitura convencional y poco profunda. Mantiene su estilo y ofrece pasajes de gran belleza, pero está lejos de sus mejores trabajos y se muestra conformista, ofrece un desarrollo casi nulo y una inexistencia total de motivos principales. Se limita a acompañar las escenas con unas atmósferas no siempre acertadas.

 

            La película ofrece un desarrollo narrativo complejo, aderezado además con un enorme flashback que abarca casi toda la película y que le da mayor densidad al relato. En sus dos horas y media el tiempo no se aletarga, discurre con facilidad, y la narración es fluída y constante, sin embargo muchas de las escenas son tan nimias como la información que aportan a la historia.

 

            Pero el problema de fondo del filme subyace en su material de partida. El tratamiento de personajes y el desarrollo de la propia historia está tomado con pinzas, con pinceladas que el director cree después engrandecer a través de su narración visual, pero no son suficientes. La previsibilidad de los acontecimientos en los que se ven envueltos los caracteres y lo absurdo de algunas decisiones del guión hacen que se tambalee el entramado de una película ambiciosa y compleja dentro de su sencillez poética en la parte estética.

 

            El montaje es corrosivo, desconcertante. Si bien las tomas son perfectas, prodigiosas, llenas de belleza, el montaje parece querer convertir cada secuencia en un prodigio de edición, mostrando planos casi desde cualquier ángulo de las habitaciones, convirtiéndose en barrera para apreciar la historia. Este hecho unido a un diseño de producción cuestionable, ayuda a que la mayor parte de la cinta ofrezca la sensación de pertenecer a una típica película de sobremesa sobre el amor en tiempos de guerra.

 

            La supuesta gran baza (y polémica) de ‘Deseo, Peligro’ eran las escenas de sexo explícito entre los protagonistas y la narración de su relación a través de éstas. Nada más lejos de la realidad. Si bien se nota cierto gusto estético en la realización de los planos, estas secuencias se convierten en absolutamente anecdóticas, lejanas a tener algún sentido narrativo, y la poca información que ofrecen, la del maltrato y la violencia, es explicada en muchas otras secuencias, de forma que la información es tan excesiva como repetitiva. Si bien en ‘Brokeback Mountain’ el realizador también recurría a secuencias delicadas en el plano sexual, en aquella historia éstas tenían un sentido y un peso importante. Aquí sin embargo, resultan totalmente gratuitas.

 

            Así pues, llega un momento (aproximadamente tras la primera hora) en que sabemos que sólo nos queda disfrutar del poder narrativo del autor y de lo bien que lleva dos enormes horas y media de película, y cómo éstas parecen deshacerse en el paladar.

 

            Pero incluso la escena más intensa, la más importante, la más dramática que es esa resolución del tercer acto queda desdibujada, falta de intención, demasiado tímida, demasiado alejada y fría, demostrando por última vez que ésta no era su película. Ang Lee se siente más cómodo y es más certero en esas escenas más íntimas donde lo importante es el detalle y la sutileza, como la última mirada. La mirada sombría por encima del  hombro a una cama vacía en la que ya nunca estará su amada.