Una imagen de Puro Vicio

Larry Sportello enciende un cigarrillo y por unos instantes se ausenta del mundo. Es el único minuto de respiro después de un día difícil. No es el despacho del detective clásico de las películas noir. Doc no responde a ese arquetipo, aunque a veces lo parezca. En ese instante de detenimiento, donde todo lo demás desaparece, la persona amada viene a su cabeza. Son apenas unos segundos, pero bastan para que la película convoque la imagen de Shasta, superpuesta a la del fumador empedernido. Un bellísimo encadenado, un hermoso recurso de montaje que viene a representar cómo él, durante unos segundos, la piensa.

Es un ejercicio de edición que tiene mucho que ver con la forma de escritura de Paul Thomas Anderson y también con la manera en la que Thomas Pynchon, autor de la novela, construye densas capas argumentales para poder hablar, por debajo de todas ellas, de cómo se han construido el suelo y el sueño americanos. Esa manera de construir la ficción resuena en los métodos de escritura del cineasta, que siempre utilizó la historia de su país para construir los más apasionantes relatos humanos que ha dado el nuevo siglo, como en Puro vicio (2014). Además de reescribir la historia americana, sus obras son también una advertencia sobre cómo los grandes acontecimientos históricos que nos rodean a veces nos empujan a perder el foco sobre aquellos a quienes amamos.

Shasta”, “Shasta Fay”, y “Shasta Fay Hepworth”, son los títulos de las piezas que escribiera Jony Greenwood para la banda sonora como si la música fuese escarbando en el personaje hasta esbozar su personalidad completa, hasta conocerla del todo. El tema musical, inesperado heredero de Herrmann, se desplegaba de forma progresiva, abría capas una tras otra hasta que la tercera pieza ofrecía una cantidad de ideas en cierto modo inabarcables: suponía saberlo todo de golpe sobre uno de los personajes a través del sonido.

El malogrado detective se recuesta en el sofá, cierra los ojos y el espectador sabe en quién está pensando. Lo ha visto y no han hecho falta las palabras.