Die My Love (Lynne Ramsay, 2025)

Matate amor, la novela de Ariana Harwicz en la que se basa Die My Love, pretendía
demoler las convenciones de la familia estándar. Lo hacía desde un planteamiento
salvaje, arrastrada por una furia salvaje consecuencia de siglos de sometimiento. El amor
conyugal y la relación con el bebé se convertían en algo antinatural y las relaciones
sociales a partir del matrimonio se desmoronaban por insustanciales. La necesidad de
hablar en otro idioma no venía solo desde lo verbal, sino por el deseo de deconstrucción
personal para llegar con brutalidad hasta las propias entrañas de una misma.

Quizá por eso Lynne Ramsay, tan amante de explorar nuevos lenguajes, haya buscado en
esa novela un nuevo desafío con el que hablar de la identidad de la mujer desde nuevas
formas de expresión. El personaje principal, autodestructivo y al borde del colapso, ha
servido como artefacto milagroso en manos de Jennifer Lawrence, que ha querido
vincular siempre la intensidad interpretativa con una cierta idea del sacrificio físico, querer
llevar el cuerpo de la actriz hasta el extremo.

La película, que pasó de nuevo por la sala de montaje tras su estreno en Cannes, se
construye bajo un caos progresivo que conecta con el universo turbulento y confuso de la
primera paternidad, allí donde la personalidad propia puede extraviarse. Grace golpea su
cabeza contra un espejo: la identidad se resquebraja. El corte es sorpresivo, pero también
tosco. Cabe preguntarse si una cineasta como Ramsay, con tal dominio de las imágenes
necesita, para expresarse desde el caos, ese tipo de golpes de efecto. Sea como sea,
nada puede estar más cerca de las intenciones de Harwicz.